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El fascismo que viene


 El mundo actual se deja leer de muchas maneras, algunas de ellas contradictorias. Resulta difícil encontrar la clave de lectura, poner el acento en lo relevante y encadenar a ello lo secundario. ¿Estamos ante una crisis más del capitalismo? ¿Tiene sentido decir que se está desempolvando el fascismo? ¿O es algo nuevo, para lo que no valen las viejas palabras? ¿Qué ocurre con el factor de irreversibilidad asociado a la cuestión climática? ¿Hay otros elementos de irreversibilidad también centrales (económicos, sociales, tecnológicos, cognitivos...)? 

Hay quien habla de un capitalismo terminal, o turbocapitalismo salvaje, hay quien pone el acento en la tecnología y lo llama tecnofeudalismo, hay quien habla de ecofascismo y hay quien lo nombra como neoimperialismo fascista, caudillismo o autoritarismo, por mencionar solo algunas de las etiquetas que tratan de fijar conceptos, ideas, que nos ayuden a comprender. Etiquetas que en cierto modo resuenan unas con otras, pero que también se contradicen en sus lecturas. Etiquetas en cuya búsqueda forzamos al pensamiento, pero que también nos provocan, en no pocas ocasiones, una sensación de incertidumbre y de desorientación, aunque persigan lo contrario.

Sin embargo, esa sensación no debe despistarnos de lo esencial de la búsqueda. Según aquella sabia frase de Orwell, “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”. Es decir, no es nunca vano el esfuerzo por querer entender y por tanto nombrar. Por otro lado, es oportuno que recordemos que la búsqueda de la mejor interpretación no es una competición por imponer una mirada determinada, sino una búsqueda que, necesariamente, se hace en un diálogo constante. Sería oportuno preguntarnos hasta qué punto tenemos disposición de escuchar notas cantadas en claves distintas a las nuestras. La realidad nos dice que cuanto menos escuchamos otras voces, menos se escucharán las nuestras.

En todo caso, más allá del interés por afinar el tiro, por presentar la mejor descripción de lo que hay y de lo que viene, lo que sí está claro es que estamos en un ciclo caracterizado por un claro endurecimiento de las dinámicas de poder y exclusión: triunfo de la autocracia, incremento del belicismo y de la represión, desprecio de la realidad y extensión de la conspiranoia, etc. Así, sí que tenemos una certeza: nos dirigimos a un escenario peor, en el que se esperan mayores sufrimientos para cada vez más personas.

Por otro lado, independientemente de la solución que demos a la difícil tarea de nombrar lo nuevo-viejo, la nueva deriva fascista (llamémosla así, por simplificar) se basa en dos fuerzas relativamente claras de diferenciar:

1- Por un lado está la parte material: agotamiento y guerra por los recursos, migraciones más o menos forzosas, cambios –climático, económico–, extensión de la precarización y aumento de los elementos de inestabilidad e inseguridad. El fascismo es, así, una expresión concreta del capitalismo en crisis. Además, a todo lo mencionado hay que añadir aquellos elementos con más trayectoria pero igualmente activos, como el dominio de la economía sobre la política, la extensión del mercado hasta los rincones más insospechados, etc.

2- Por otro, hay también un componente de deriva social. La respuesta a esos cambios amenazantes, así como a la percepción de mayor o inminencia del colapso, es el miedo. Y el miedo, por necesidad, activa mecanismos de búsqueda ansiosa de soluciones. Por un lado, el miedo tiene una base material clara. Está ligado a un bienestar que se ve amenazado, que se puede perder. Por otro, el miedo tiene también un componente irracional, difícil de gestionar. Aquí aparecen los chivos expiatorios y los enemigos de cartón-piedra. El mundo capitalista occidental blanco, en crisis de identidad, cataliza ese miedo con propuestas monstruosas en su búsqueda de culpables. Y lo peor de todo: no sabemos cómo actuar ante el miedo. No sabemos cómo desactivar sus falsas salidas de forma rápida y efectiva. Contraponer a ellas mastodónticas explicaciones de la deriva del capitalismo global y sus procesos de destrucción de lo social es una estrategia que, simplemente, no parece funcionar.

Este es el marco en el que el fascismo se multiplica, a veces de forma exponencial. El fascismo crea, produce, y deberíamos ser capaces de contrarrestar esa dinámica. Ejemplos:

-El fascismo promete (nosotras no). En esto estamos en clara desventaja. Quizá sea más honesto no prometer, pero entonces, al menos, deberíamos proponer e ir creando un horizonte. Aunque sea mínimo.

-El fascismo simplifica los mensajes, y sus contradicciones internas no parecen pasarle factura. Su paradoja comunicativa es que da la impresión de ir de frente, de no ocultar nada, aunque esté lleno de ambigüedades e incoherencias (nosotras tendemos a copiar la comunicación política de los partidos, presentando verdades a medias, confiando en estrategias comunicativas, vendiendo la moto como en la política profesional, etc.).

-El fascismo utiliza los temas que le resultan rentables (inmigración, cambio climático, cuestiones de género). La izquierda también ha hecho (hemos hecho) lo mismo, y ha jugado también a la rentabilidad (más que a la honestidad). Pero nuestros temas o nuestros enfoques no han funcionado.

-El fascismo hace de la seguridad uno de sus ejes. Esto le permite asociar cambios a amenazas, desplegando su nostalgia de un pasado mejor como ariete frente a sus chivos expiatorios. Por nuestra parte, esquivamos el tema de la seguridad o lo atacamos sin matices, nos ponemos a hablar de la violencia estructural y minimizamos experiencias cotidianas reales de amenaza o violencia.

-El fascismo construye una colectividad identitaria, aunque en ocasiones esté vacía (la nación, la cristiandad, la blanquitud, la heterosexualidad, etc.). Nosotras ya no tenemos esas colectividades aglutinadoras (como era la clase), y predicamos colectividades poco reales, elevamos el tiro a la humanidad como colectivo, mientras tenemos parecidos miedos a las otras personas que visualizamos como diferentes.

Qué hacer

Leer el momento es la tarea más difícil, decíamos. Sin embargo, hay otra al menos igual de complicada y, si cabe, más urgente. Tenemos que enfrentar la situación. No podemos dedicarnos al análisis y después actuar. Tenemos que intervenir antes de tener las respuestas a muchos interrogantes.

Si queremos que nuestras guías de actuación tengan sentido, posiblemente deberemos ligar el «cómo actuar» al «cómo hemos contribuido» para llegar hasta aquí, o qué hemos dejado de hacer. Creemos que la autocrítica puede ser un componente de gran ayuda en la búsqueda de ese camino. Algunos de los debates necesarios serían, pues:

-En qué medida tenemos disposición a cambiar. Una sociedad como la nuestra, pasiva, individualista y consumista es difícil que quiera cambiar. Formamos parte de ella, más de lo que pensamos. De sus inercias, de sus sentidos comunes y de sus cómodos sofás. Sin embargo, sabemos que una sociedad que no quiere cambio, en momentos de crisis, es una sociedad en busca del caudillismo. ¿Podemos participar de esa atonía, de su nihilismo dulce, pero no sentirnos responsables de sus consecuencias?

-Qué podemos hacer con el fascismo del antifascismo. Decíamos que el capitalismo es una forma de ver el mundo, una herramienta cognitiva. ¿En qué medida no es también el fascismo una forma de comprender y de actuar, un método más que una ideología? ¿Es útil pensar en un fascistómetro que nos revele cuán fascistas son nuestras vidas así como nuestras acciones, tanto a nivel individual como social y colectivo?

-Cómo comprendemos los ámbitos de las mayorías y de las minorías. En cuál de los ámbitos es más necesario o urgente actuar. ¿Nos contentamos con ser minorías? ¿Cómo nos relacionamos con quienes están cerca pero no ven las cosas igual? ¿Y con quienes están más lejos? ¿Es más importante marcar la línea política o tener capacidad de tejer alianzas? ¿Sabemos cómo funciona el contagio? ¿Qué papel le damos?

-Cómo nos relacionamos con el dentro y el afuera del sistema. ¿Sabemos cuándo es más efectivo, o más útil, o más interesante, luchar dentro del sistema, jugando a los posibles y dejándonos pelos en la gatera, y cuándo es más conveniente inventar y experimentar el afuera, abriendo mundos?

-Cuáles son los medios que elegimos para comunicar, debatir y pensar en común. ¿No son las redes digitales un medio de comunicación perfecto para el fascismo? ¿Cómo buscar medios que cambien la acción de comunicar, que la eleven por encima del argumento fácil, del zasca, del goce por la frase que me identifica? ¿No hay otra legitimidad, y otro concepto de comunicación, en los medios más cercanos, más tradicionales (en el cara a cara, en las octavillas, en los carteles, en hablar…)? ¿Queremos realmente hablar con la gente? ¿Tenemos disposición a escuchar también? ¿O solo queremos difundir nuestras ideas?

-¿Cómo abordamos los problemas derivados de las migraciones? ¿Podemos construir un discurso sin idealizar ni romantizar la realidad?

-¿Qué pensamos del belicismo? ¿Realmente creemos que no existe una «guerra justa», o en ocasiones anhelamos soluciones militares que busquen la justicia? En los momentos difíciles, ¿seguimos confiando en el pacifismo, en la apuesta por la deserción? ¿Qué impacto tienen el laboratorio mundial del neo-colonialismo de Gaza, las guerras imperialistas como la de Ucrania o la de Irán o las agresiones como la de Venezuela y tantos otros conflictos relegados en nuestra forma de pensar la violencia extrema y el papel de la política?

-¿Qué hacemos con la demanda social de seguridad? ¿Somos capaces de desplegar un concepto de seguridad no autoritario? ¿Es recuperable el concepto de seguridad, quizás asociado a otras amenazas al bienestar que no se suelen nombrar en este terreno: vivienda, precariedad, etc.? ¿O más bien resulta que, al entrar en ese debate, terminamos comprando el marco y la agenda fascista basados en la producción de miedo?

-¿Pensamos cuáles son las formas de lucha más adecuadas? ¿O las elegimos siguiendo nuestras pulsiones? ¿Es más oportuno enfrentar la agenda fascista o crear una agenda propia? ¿Es el antifascismo lo que nos ha de definir y marcar el camino? ¿Conviene más centrarnos en el «estar en contra» del fascismo, etc., o convendría centrarnos en el «estar a favor» del reparto de la riqueza, de la igualdad de derechos, etc.? ¿Qué formas en positivo hay de ser antifascista? ¿Es la comunidad un elemento necesario en la búsqueda de soluciones?

Muchas preguntas, quizá demasiadas para abarcarlas de golpe con una teoría coherente y que, frente a las certezas absolutas del fascismo, plantean una reflexión dominada por la duda, en torno a la cual es preciso testar y repensar nuestras apuestas habituales: comunidad, decrecimiento, pacifismo o consenso. No obstante si el fascismo es, como señalábamos, un método antes que una ideología, el antifascismo ha de estar fundado sobre la duda metodológica. Y sobre indagaciones muy abiertas, propuestas revisables, así como proyectos concretos.


En todo caso, por si sirve de guía, podemos tratar de responder a todas estas preguntas de la mano de una reflexión general sobre la otra cara de la moneda: las debilidades del fascismo que no son pocas. Algunas de ellas:

-Va contra la dirección y el sentido de la historia –y en este sentido está fuera de la realidad– que la humanidad en su tortuoso camino y el propio capitalismo, en su potente, admirable y también escandaloso y conflictivo proceso de desarrollo y crecimiento, han impreso ya, de hecho, en esta sociedad y este mundo en que vivimos. Su simplificación y su falseamiento ignoran la multidimensionalidad de la realidad, la interrelación de los procesos y la existencia de múltiples ángulos de visión para desentrañarla.

-En este sentido, necesariamente tiene que recurrir a la mentira, al falseamiento. No tiene autocrítica y constantemente recurre al bulo y la postverdad. Necesita escapar de la realidad para construir su propuesta. Condena a la gente, también a la que lo defiende, a no vivir en su realidad.

-En este escape utiliza figuras histriónicas como Trump, que en realidad es un fantoche que fomenta el vasallaje en su entorno más cercano. Esto, que parece funcionarle comunicativamente, es una debilidad que constantemente le genera conflictos.

-Por otro lado, el fascismo utiliza como herramienta un elemento dislocado, irracional, que apela constantemente a lo visceral, y juega con emociones como el miedo, la venganza o el deseo de ganar. Este irracionalismo es una debilidad, ya que juega con algo incontrolable que le puede llevar al desastre (en contra de sus intereses, también).

-Por último, y unido a todo lo anterior, el fascismo trata así de poner en pie un gran edificio sin cimientos sólidos. Un mundo y una sociedad tan complejos como los actuales necesitan unos buenos fundamentos y un buen esqueleto básico, si no queremos que se conviertan en jungla salvaje, complejo inhabitable o mero festín de los seres humanos más ambiciosos, poderosos y violentos. Pues bien, es por estos últimos derroteros por los que, al parecer, pretende llevarnos el neofascismo. Está dicho que a una realidad compleja ni se la comprende ni se la puede manejar y hacer justicia con un pensamiento simple. Pero por ahí va el fascismo. Para ello utiliza tres mecanismos: el negacionismo, la desregulación y la inversión y perversión de valores. Estas estrategias parecen cosechar victorias en una mirada corta, pero en el fondo muestran una fuerte debilidad interna.

Dicho esto, y volviendo atrás, deberíamos ser capaces de ir respondiendo con cierta urgencia a todos los interrogantes que hemos ido mencionando, sin dejarnos paralizar por el miedo o la aparente impotencia. Esta es nuestra tarea, nuestra investigación, que deberemos enfrentar desde la imaginación política y desde la búsqueda de nuevas vías. Porque sin un cambio de rumbo, la inercia nos lleva al abismo.

Para seguir ahondando en el reto de leer el fascismo que viene y reflexionar sobre ideas, acciones y proyectos os invitamos como personas o integrantes de colectivos a compartir vuestras reflexiones en la próxima sesión de Malatextos, la primera dedicada al tema, el 13 de mayo a las 19 h en Bakearen Etxea (C/Merced 18), o si no podéis asistir, a enviarnos vuestras ideas al correo:

malatextos@gmail.com 



Notas reunión abierta 26.XI.24 (El colapso que nos une)


Planteamiento de la perspectiva del colapso como una oportunidad para pensar nuestras luchas, pensar acerca de la comunidad y pensar acerca del decrecimiento. ¿Cómo impacta esa perspectiva en la manera de organizarnos y en nuestras luchas?

Una nueva oportunidad: El colapso que nos une. Una propuesta para los movimientos sociales.


En 2023 convocamos el último encuentro del grupo de reflexión Malatextos, dedicado al Colapso… Y, ahora, en 2024 volvemos sobre el tema, porque creemos que no solo no es un problema más ni está agotado, sino que requiere de una revisión de urgencia, basada en la recuperación de la comunidad y la adopción del enfoque decrecentista, hacia una vida plena e integral. Pero nuestra propuesta para esta ocasión quiere presentar solo una única sencilla medida, en principio, dirigida a los movimientos sociales, pero cuya consecución podría tener efectos muy positivos.

La comunidad ha sido piedra angular de toda vida satisfactoria y equilibrada, también puerta de acceso a una visión de la realidad amplia y de largo alcance. Hoy esa realidad viene definida por la previsión del colapso, y la comunidad seguirá siendo clave en la forma de enfrentarlo por lo que hay que afrontar sus efectos.

Del colapso existen signos evidentes y en progresión: agotamiento de recursos, cambio climático y catástrofes asociadas, desplazamientos masivos de poblaciones, pandemias desconocidas, guerras en las que participan agentes con un poder de destrucción casi total, … Constituyen una diversidad de causas y posibles combinaciones de varias de ellas de las que se deriva una imprevisibilidad de las formas que pueda adoptar el colapso y la hondura de su alcance.

Esos signos dan pistas de las características de la sociedad más favorable para afrontarlo: comunidad frente a individualismo, sociedad frente a consumismo y despilfarro, cooperación frente a competitividad, decrecimiento frente a desarrollismo y autonomía y horizontalidad frente a globalización.

El colapso no es un dato más, es el marco en el que se encuadran todos los otros elementos de la realidad. Sus signos, que nos sirven de indicadores para nuestras formas adecuadas de vida y organización, también inciden en nuestras formas de actuación social general. Problemas como la emigración, las desigualdades, los mega-proyectos, la vivienda, la alimentación, la sanidad o la educación, el paro y las reivindicaciones laborales, etc., no pueden dejar de tener en cuenta ese marco pre-colapso en el que están enmarcados y que les confiere de un sustrato y una orientación común.

Y es, justamente, esa orientación común la que tendría que servirnos de elemento unificador de nuestras propuestas, de los mensajes que dirigimos a la sociedad y de las luchas que convocamos, con la intención de poner freno a la actual dispersión y el consiguiente debilitamiento de los movimientos sociales. Resulta evidente que precisamos afianzar nuestras relaciones y que las mismas sean realmente más cooperativas en aras de salvaguardar un bien común amenazado.

Así es, el colapso que nos une, también debe orientarnos. Si el marco que define nuestro tiempo es el colapso como catástrofe eco-social de dimensiones incalculables, el tipo de respuesta que demanda ha de priorizar y atravesar todas nuestras luchas, reflexiones y acciones. Del mismo modo que hemos adoptado la defensa de los derechos humanos, la conciencia de clase o la perspectiva de género como connaturales a cualquier lucha transformadora, debemos sumar la perspectiva colapsológica, con sus demandas y oportunidades, a nuestro acervo emancipador para colocarlo en primer lugar. Pero no como retórica sino como principio que ha de guiar y unificar unas luchas de carácter híbrido, que fusionen colapso con el ecologismo, el feminismo, el sindicalismo, el pacifismo, la política, etc.

No puede haber mundo, ni presente ni futuro, si la perspectiva del colapso no modula y hasta enriquece todas nuestras luchas históricas. Porque en algún momento hundiría a todas ellas en la incomprensión, la ineficacia y la desesperación por el acelerado rumbo del planeta hacia la barbarie. Pero no solo queremos compartir esta convicción que ya intuyen los propios movimientos sociales; nuestra propuesta (u otras similares) es que su urgencia acabe, progresivamente, con la dispersión y atomización de luchas legítimas para contribuir a una unificación que las potencie con sentido finalista.

Al hilo de esta propuesta, que es al tiempo un reto práctico y un camino hacia una vida más plena e integral, nos preguntamos: ¿Hemos de construir un movimiento social de base que unifique todas las luchas? ¿Sería esta la comunidad que necesitamos tejer frente al colapso? ¿Hemos de priorizar algunas o solo enfocarlas bajo el decrecimiento? ¿Nuestro calendario de actividades y acciones ha de coordinarse? ¿Seremos capaces de dejar al lado nuestras particularidades para trabajar por un amplio consenso desde abajo?

La propuesta a los movimientos sociales de Una nueva oportunidad: El colapso que nos une, finalmente, como una llamada abierta a los movimientos sociales y a las personas para que, más allá de teorías y abstracciones, trabajemos y vivamos bajo el signo de esta comunidad insólita, cuya cercanía y amistad han de ser profundamente transformadoras.

A la tarea de reflexionar colectivamente sobre estas y otras cuestiones relacionadas os invitamos el Martes 26 de Noviembre a las 19:30 h en Triki Traku, en C/Río Arga, 36. Tanto si podéis acudir como si no, serán bienvenidas vuestras aportaciones por escrito.

Os esperamos.

Colectivo Malatextos

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Como complemento de esta convocatoria, añadimos este artículo que queremos difundir por los medios:

El colapso eres tú, somos nosotros/as

¿Cambio climático?, ¿emergencia medioambiental?, ¿crisis ecológica?... Llamémoslo por una vez, sin eufemismos, por su verdadero nombre: colapso. Pues a lo que estamos asistiendo es a un colapso estructural de nuestro modelo de progreso cuya causa inmediata es el calentamiento del planeta, pero cuyos síntomas podemos advertir no solo en las catástrofes climáticas sino también en fenómenos tan dispares como las guerras por el territorio o los recursos, el aumento de las migraciones, la degradación del sector público, la expectativa del dominio de la IA o el populismo neofascista. Colapso que no es un Apocalipsis bíblico con rayos y truenos, sino que se desarrollará, probablemente, como una larga fase terminal del capitalismo hacia la barbarie ante sus límites de crecimiento, cuya expresión más inmediata es la exclusión sistémica y la desigualdad rampante entre clases y entre naciones. Y, es preciso remarcarlo, que ya sufren en carne propia las personas más vulnerables.

Este colapso que no es un castigo del destino ni tampoco responsabilidad exclusiva de una casta de malvados capitalistas. Nos interpela a todos y a todas, directamente, para que revisemos nuestras actitudes, nos posicionemos y actuemos. Sí, ya lo sabemos, el problema es que, gracias a un poderoso conglomerado negacionista de políticos y sindicalistas, intelectuales y expertos, ¡y también ecologistas!, se intenta edulcorar el colapso con el espejismo de la tecnología salvadora, el Green New Deal o la política del avestruz. En fin, un engaño en el que participamos de manera entusiasta o resignada, gracias a nuestra confianza en el capitalismo consumista, la democracia formal o, en última instancia, al egoísmo del sálvese-quien-pueda.

El colapso no son los otros, el colapso eres tú, somos nosotras y nosotros. Y si crees que votar a un partido progresista, reciclar en el contenedor adecuado, dar un óbolo a una ONG o alarmarte degustando una distopía en Netflix te va a salvar, estás en un gran error. Solo estás contribuyendo a acelerar el proceso, a que el colapso sea más insalvable y profundo y aterradoramente estúpido.

¿Y entonces, qué proponemos? Si ni la COP 28, ni la 29, ni las timoratas leyes de cambio climático, ni todos los botes de sopa de tomate que arrojemos en el Louvre consiguen nada significativo, ¿qué podemos hacer para no caer en el catastrofismo paralizante? En ningún caso vamos a proponer la última teoría pseudoutópica, sino una vía de supervivencia y regeneración para el aquí y el ahora. Una vía que huya del voluntarismo individualista y cuya clave ha de ser –ya es, de hecho– una tarea en marcha: la creación de comunidad, comunidad de resistencia, de lucha, apoyo mutuo, solidaridad, de trabajo y de vida. Pues solo una comunión de comunidades que se trence estratégicamente en red puede enfocarnos y convocarnos. Para que pase poco a poco de los actuales grupúsculos bienintencionados a la colaboración de los centros sociales, las iniciativas solidarias y el laboreo de bienes público-comunes; más allá de nuestro gueto activista hacia al conjunto de la sociedad del abajo. Y diréis, con razón: ¡Vaya, una vieja-nueva fórmula! Qué remedio, ante el desastre global, que empezar por lo más elemental...

¿Y esa red de comunidades, dónde ha de fundarse y arraigar? En todas partes, en ciudades y pueblos, en Navarra y Euskal Herria, pero también en todo el Estado español y en Europa, pero que solo tendrá sentido si finalmente salta fronteras para borrarlas. Esto es, una comunidad tan amplia y diversa y autónoma como sea posible, la cual, de manera coordinada, piense e investigue, discuta y acuerde, examine y valore, divulgue y denuncie, genere crítica y nuevos imaginarios, reparta el trabajo y la riqueza, comprometa y transforme y sea aventada como diente de león... ¿Una comunidad para armar una sociedad postcapitalista? Probablemente habrá de ser decrecentista, convivencial y frugal, siempre que esté atravesada por la lucha de objetivos comunes en torno a la igualdad, la equidad y la justicia social. Y, más allá de movilizaciones puntuales, sostenida por un sustrato de sólidos consensos jerarquizados no solo de los movimientos sociales sino de una mayoría social lo más amplia posible. Pues, frente a la tradición convencionalmente revolucionaria de una izquierda arrogante habremos de ser capaces de una reforma tan radical como permanente con la perspectiva de lo concreto realizable, tanto de hacer día a día como de no-hacer, de activarnos como un tsunami pero también de desertar con el boicot, la huelga o la desobediencia civil. No debemos olvidar la inmensa fuerza callada del preferiría-no-hacerlo...

El colapso no es el final sino ese nuevo campo de batalla político-social, eres tú somos nosotras y nosotros. Y la salida hacia el postcolapso eres tú con nosotros, en esa comunidad de imaginación política y espiritualidad cívica, tan diversa como glocal, que puede adaptarse a cualquier terreno o condición, y a la que todos estamos llamados a participar.

De esta convicción nace la propuesta del Colectivo Malatextos, El colapso que nos une, y sobre la que te invitamos a trabajar junto a los movimientos sociales de nuestro entorno:

No puede haber mundo, ni presente ni futuro, si la perspectiva del colapso no modula y hasta enriquece todas nuestras luchas históricas. Porque en algún momento hundiría a todas ellas en la incomprensión, la ineficacia y la desesperación por el acelerado rumbo del planeta hacia la barbarie. Pero no solo queremos compartir esta convicción que ya intuyen los propios movimientos sociales; nuestra propuesta (u otras similares) es que su urgencia acabe, progresivamente, con la dispersión y atomización de luchas legítimas para contribuir a una unificación que las potencie con sentido finalista.

Al hilo de esta propuesta, que es al tiempo un reto práctico y un camino hacia una vida más plena e integral, nos preguntamos: ¿Hemos de construir un movimiento social de base que unifique todas las luchas? ¿Sería esta la comunidad que necesitamos tejer frente al colapso? ¿Hemos de priorizar algunas o solo enfocarlas bajo el decrecimiento? ¿Nuestro calendario de actividades y acciones ha de coordinarse? ¿Seremos capaces de dejar al lado nuestras particularidades para trabajar por un amplio consenso desde abajo?

La propuesta de El colapso que nos une, finalmente, como una llamada abierta a los movimientos sociales y a las personas para que, más allá de teorías y abstracciones, trabajemos y vivamos bajo el signo de esta comunidad insólita, cuya cercanía y amistad han de ser profundamente transformadoras.

Un personaje de Un sollozo del fin de mundo, la novela colapsista de Matías Escalera, señala al final: “¿No es acaso el presente un sueño despierto del futuro?”. Es posible, pero hemos de soñar despiertos nuestro presente cotidiano para, transformándolo radicalmente, sobrevivir a los oscuros designios de ese futuro asumido, para evolucionar hacia una utopía comunal, tan tangible como real, tan problemática como habitable. Solo el colapso que nos une, puede orientarnos en esa dirección.


Colectivo Malatextos,

Iruñea, nov. de 2024.




RECUERDA: Te esperamos el Martes 26 de Noviembre a las 19:30 h en Triki Traku, en C/Río Arga, 36. Puedes enviar tus aportaciones por escrito a malatextos@gmail.com Zatoz!!


Frente al debate del colapso, ¿cómo actuar con sentido?

El colapso, concepto esquivo, totalizador, con aroma milenarista pero que ha generado un debate tan intenso como decisivo. ¿Estamos viviendo el colapso global? ¿Este concepto esconde tan solo una crisis múltiple? ¿Es el anuncio del fin del modelo social de capitalismo?

Como en el caso de otros términos polarizadores asistimos a una polémica general dentro y fuera del movimiento ecologista, en el conjunto de la izquierda respecto al uso del término colapso. Podemos dudar sobre su utilidad por su posible carácter desincentivador pero también de que evitarlo resulte honesto, si nos lleva a ignorar la dura realidad a la que nos enfrentamos.

Más allá de la pertinencia y utilidad del concepto-marca ‘colapso’ y del enconado debate que suscita entre colapsistas y anticolapsistas de todo signo, debemos preguntarnos primero si la situación es tan grave como para justificarlo.

El calentamiento global y las catástrofes naturales asociadas, el agotamiento del modelo económico desarrollista, el aumento de la brecha de la desigualdad, el asalto derechista a las instituciones (después de los repetidos intentos izquierdistas de asalto a los ‘palacios de invierno’), la quiebra de la democracia formal, la degradación del estado del bienestar y los servicios públicos, una pandemia global mal resuelta o la irrupción de la guerra en Occidente evidencian un momento de ruptura a una escala nunca antes conocida que parece amenazar no solo el statu quo geopolítico sino también la supervivencia del planeta tal como lo conocíamos. Y las aparentes salidas que se avanzan, desde la reforma del capitalismo con su señuelo de capitalismo verde al derechismo antiglobalización de tentaciones autoritarias, más que tranquilizarnos nos inquietan como síntomas de una deriva sin freno.

Pero lo cierto es que no podemos soslayar ni enmascarar un debate capital, porque su catastrófica agenda está irrumpiendo constantemente en nuestra vida cotidiana. Y ante semejante tesitura lo que queremos intentar, al menos, es abordarlo desde un enfoque fructífero, con sentido.

Paradójicamente, una de las primeras y más alarmantes consecuencias del debate en torno al colapso es la constatación de que la izquierda, las izquierdas, aparte de diagnósticos o teorías, no nos ha ofrecido un horizonte común de salida ni caminos viables para transitar hacia otro escenario, lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿se halla también la izquierda en trance de colapsar definitivamente como alternativa al capitalismo? Más aún, nos induce a sospechar que, salvo excepciones embrionarias, en su conjunto, la izquierda actual se comporta como una entidad acomodaticia, domesticada y desorientada, que solo supiera medrar a la sombra del propio capitalismo… El problema es que el ‘colapso’ de la izquierda no es de hoy, sino que viene de bastante atrás, cuando, tras caer el ‘socialismo realmente existente’ y no cuajar otras tendencias alternativas, se fue desdibujando su horizonte en nuestras prósperas sociedades abonadas al frágil estado de bienestar de la socialdemocracia. En cualquier caso, la realidad es que afrontamos el desamparo y nos planteamos si no debiéramos prepararnos para una intemperie lo más adversa posible, sin ninguna herramienta organizativa y movilizadora común que nos impulse. Y la primera tarea en este sentido es profundizar en la autocrítica, no para fustigarnos inútilmente, sino para extraer lecciones que podamos aplicar.

Por otra parte, se nos quiere levantar el ánimo con cierta peregrina esperanza, aduciendo que tocar fondo en este supuesto colapso puede constituir acaso la última oportunidad para una improbable e indeseable revolución, cuyo violento paradigma habría que abandonar definitivamente. No obstante, pensamos que tantas oportunidades perdidas en el pasado reciente quizá nos hayan inmunizado de anhelos revolucionarios y no auguran que tengamos capacidad suficiente para impulsarnos a la rebelión y asumir un reto de esta envergadura.

Sin ánimo de especular sobre grandes futuribles más o menos lejanos el caso es que ya podemos constatar, por ejemplo, en nuestro país, cómo el capitalismo entra en barrena, ya que los nichos de extracción de beneficios se agotan y se dirige hacia unos servicios públicos degradados para proceder a desmontarlos y privatizarlos, como último caladero del cual poder rascar los suculentos réditos a los que estaba acostumbrado. Este es el contexto de desesperada depredación que, una derecha cada vez más extrema y una extrema derecha cada vez más envalentonada tras la pantalla de sus batallas culturales con la nueva agenda del gran Capital (antiglobalización, nacionalismo, militarismo, antiinmigración, etc.), está cultivando para intentar sostener este capitalismo aparentemente terminal pero aquejado de una mala salud de hierro.

Ante esta situación, a la hora de abordar el debate en torno al colapso y sus consecuencias, ante el que no tenemos todavía una respuesta global, aparte de las fallidas tácticas resistentes de la simple reivindicación y la protesta, creemos que hay algunas propuestas que podemos explorar.

0. Sobre el colapso

Hasta hace poco carecíamos de ideas-fuerza, más allá de una amplia panoplia de análisis, diagnósticos y críticas y, justamente, la primera que irrumpe en nuestro panorama es, en apariencia, negativa: el colapso. Pero podemos tomarla no como fin sino precisamente como hipótesis, herramienta, punto de partida. Por un lado debemos naturalizar un concepto que es, de hecho, parte de la realidad dinámica de nuestro mundo, pues hay colapsos inexorables: el colapso cósmico del universo, de nuestro sistema solar y del planeta Tierra, el de las diferentes civilizaciones a lo largo de la historia, el de los ciclos temporales del progreso capitalista o el de nuestro propio cuerpo ante la muerte. Por otro lado, obviamente, no nos estamos refiriendo al colapso como apocalipsis de cariz religioso, sino al derrumbamiento progresivo, más o menos lento o rápido, de un proyecto civilizatorio agotado. Lo que no significa ni el fin de la humanidad ni, lamentablemente, de momento, del capitalismo. Este enfoque no ha de suponer que si el colapso se confirma -lo cual depende en gran medida de nuestra percepción e interpretación del mismo- no hay nada que hacer, sino, en cierto sentido, justo lo contrario: que todo está por hacer, para reorientarlo de la manera más positiva posible y para desembocar hacia un nuevo escenario más esperanzador. Queremos proponer por tanto el colapso no como realidad definitiva sino como idea-fuerza motriz capaz de convocar nuestras mejores reflexiones y esfuerzos para, superando la controversia nominalista, centrarnos en los grandes problemas de fondo que, objetivamente, compartimos.

1. Propuesta sobre el decrecimiento

Una de las convicciones cada vez más ampliamente compartidas, que asumimos ante la hipótesis del colapso, es la necesidad del decrecimiento del desarrollo, de la producción y del consumo, que entienda y respete los límites del planeta. Un decrecimiento que será forzoso o voluntario, brutal u ordenado, pero del que ya no podemos sustraernos Y ante esta expectativa no nos valen ni el tecnofeudalismo ni el ecofascismo, ni menos las salidas escapistas, como colonizar los océanos o viajar a las estrellas. Mientras nuestra supervivencia se encuentre en grave riesgo creemos razonable exigir una moratoria sine die al crecimiento, si no su cancelación como proyecto civilizatorio. No obstante, hay que aclarar que la apuesta por el decrecimiento no significa dar carta blanca a la moda ecológica, el capitalismo verde o el greenwashing. Por el contrario, ha de ser una apuesta por la radicalidad política anticapitalista y antidesarrollista, de amplia base, centrada en la justicia social y que implique, en este caso sí, el crecimiento y consolidación de lo público y lo público-comunal, como transición hacia otro mundo donde se recupere lo comunal y lo comunitario, cuya regeneración se hace imprescindible para abordar cualquier escenario postcolapso. En este sentido, nuestra utilización de la hipótesis decrecentista ha de ser entendida no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta tan compleja como revisable, siempre en construcción.

2. Sobre la organización de la retaguardia

En primer lugar, todo este debate en torno al colapso, servido en bandeja por los medios de comunicación entregados al espectáculo, podría estar absorbiendo con su teatro de rayos y truenos toda nuestra atención, hurtando al mismo tiempo la posibilidad de leer el tiempo presente en todas sus dimensiones, en el cual se pueden estar produciendo otro tipo de fenómenos y movimientos subterráneos, por ejemplo, en torno a la creación de iniciativas y comunidades emancipatorias y experiencias autogestionarias, en los márgenes de Occidente y en otras latitudes, en las cuales podríamos encontrar algunas claves realmente constructivas. En cualquier caso, debemos abrir el foco todo lo que podamos. En este aspecto quizá debemos dejar de obsesionarnos con nuestra (in)capacidad de movilización, la cual en sí misma no es ni buena ni mala, pues tanto puede conducirnos a la activación de movimientos sociales positivos por los derechos básicos como, lo hemos comprobado, al autoritarismo, el fascismo y el militarismo.

Deberíamos empezar a hablar, tal vez, en otros términos, alejados del activismo belicista y, en vez de movilizar por movilizar, empezar a organizarnos para otros propósitos más constructivos y a más largo plazo, para que así las movilizaciones que emprendamos tengan sentido y utilidad. Dejar las vanguardias ofensivas por la creación de una retaguardia organizada en red, capaz de recuperar capacidades perdidas y resituarnos social y políticamente, impregnarnos de otros estilos de vida que se adapten a nuestras necesidades básicas. Esto es, organizarnos asumiendo nuestras limitaciones, pero rescatando esas fortalezas que sabemos que tenemos de cara a movilizaciones unitarias y básicas.

Y, aunque este necesario hacer lo que está en nuestras manos sin esperar a que nos venga dado, tampoco parezca tener el potencial de alcanzar la posibilidad de grandes cambios, tales como acabar con el capitalismo, al menos abre vías que apuntan en esa buena dirección.

3. Sobre las luchas parciales y la utopía

Por aterrizar esta actitud más organizativa que, en principio, movilizadora sobre lo concreto, que al mismo tiempo compone lo global, tendríamos que valorar cada lucha parcial para evaluar si se orienta hacia un horizonte defendible por su clara vocación universalista o si, por el contrario, apuntala el sostenimiento y la perdurabilidad del actual modelo individualista y corporativo, propio de las clases privilegiadas. Porque la pregunta, a continuación, es: ¿podemos defender una alternativa sistémica y global a través de la suma de las luchas parciales? ¿No son acaso las luchas parciales y concretas las que más allá de amortiguar los golpes, si se acompañan de la adecuada orientación y de la presión necesaria, tienen un determinado potencial de contribuir a los grandes cambios? Es posible, sobre todo si las luchas son orientadas hacia la organización efectiva de una vida y de una sociedad diferentes.

Seguramente hemos caído en un activismo y en un ansia movilizadora que se ha convertido en mera agitación, carente de sentido y de horizonte, lo cual no debe empujarnos a su abandono sino a su reorientación en contenidos y formas. En los contenidos, deberíamos tender, por un lado, al acortamiento de las desigualdades, atendiendo preferentemente a las situaciones de primera necesidad, y la defensa de todo lo público y social: una apuesta por ahorrar sufrimientos y por retrasar los procesos de degradación, conscientes de que no van más allá de un amortiguar los golpes más duros. Por otro, a la oposición a toda propuesta que signifique otro salto en la opción desarrollista. En las formas, tendrían que partir de nuestros posicionamientos, actitudes y formas de vida con dimensión social y política, convirtiéndolas, más que en confrontación, en una sincera invitación a la participación y el encuentro desde abajo.

No obstante, el problema es que, a día de hoy, carecemos, precisamente, de un horizonte compartido o una alternativa ilusionante que aúne esfuerzos y voluntades para lo más básico y elemental.

Hablamos de recuperar la utopía, pero que ya no es defendible en términos clásicos, como proyección salvadora hacia un engañoso futuro ideal. ¿Se podría entonces indagar en torno a un utopismo sin utopía que dote de sentido a lo concreto? La utopía como una ruptura con el futuro eternamente aplazado y el futuro como la apertura a este presente progresivamente transformador. En este sentido, habría que recuperar cierta perspectiva espiritual planetaria que reconcilie al ser humano con el resto de la naturaleza, ya que el ideal de armonía y equilibrio parece haber sido clausurado. Hemos perdido el sentido del límite, al anteponer el crecimiento económico al respeto a las fuerzas que rigen la naturaleza. Hemos alimentado, asimismo, la fe en una ciencia cada vez más alejada de la búsqueda del conocimiento y más bien aplicada hacia los intereses del desarrollismo capitalista. Por ello, la necesidad de apostar por ese polo espiritual que nos sitúe de otra manera ante la realidad.

4. Sobre el acuerdo necesario

Gestionar las diferencias para cultivar las cercanías” (Raquel Gutierrez Aguilar).

Por último, a la hora de asumir un debate de este calado, vuelve una interpelación clásica y recurrente, con más fuerza que nunca: ¿seremos capaces de evitar el sectarismo, mal endémico de la izquierda, para, cultivando un consenso desde abajo y a gran escala entre diferentes, poder extraer y seguir unas propuestas básicas? No nos cabe duda que esta es una de las claves fundamentales para poder articular una estrategia organizativa común y glocal, que nos conecte a todxs. Requerirá por nuestra parte abandonar toda tentación de imposición buscando el convencimiento; huir de los enfrentamientos que contribuyen a la fractura social; abandonar las posiciones de superioridad para alcanzar una razonabilidad compartida; priorizar nuestros posicionamientos de vida, más allá de lo que proponemos y reivindicamos, convirtiéndolos en invitación al consenso y el acuerdo. Y todo ello defendiendo siempre unos planteamientos claros, que no necesiten acomodos.

Obviamente, quedan pendientes cuestiones que exceden esta breve reflexión, tan importantes y/o urgentes en estos momentos como la manera de evitar los golpes más duros e inmediatos a la población más desfavorecida, la articulación dinámica entre los espacios de lo social y lo político en torno a un nuevo tipo de activismo, la conformación material de un estilo de vida frugal y comunitario o la necesidad de generar un imaginario alternativo entre científicos/as y creadoras/es que contribuya a dibujarnos otro horizonte ajeno al capitalismo. ¿Otro fin del mundo es posible? A largo plazo pero mirando al día a día, tejiendo redes diversas pero cada vez más densas, aceptando nuestra vulnerabilidad como una fortaleza, sin dejarnos arrastrar por utopías caducas ni distopías disciplinarias, podremos ir desbrozando un camino más ilusionante.

Frente al debate del colapso, ¿cómo actuar con sentido? Superando su paralizante nominalismo, con apertura de mente y con capacidad de escucha, propuesta y acuerdo nos parece un buen comienzo.

Colapso o no, en cualquier caso, en esta coyuntura de extrema gravedad, lo que en medio de este debate más debiera importarnos no es tanto obtener apresuradamente respuestas definitivas acerca de un futuro incierto que no está escrito como formular en el presente inmediato las preguntas adecuadas, con las actitudes justas, aquellas que nos permitan enfocar con mayor acierto y dar los primeros pasos, de las cuales nuestras propuestas quieren representar un posible avance, que sometemos al debate.

Esta es la tarea colectiva que nos toca emprender ahora y a la que os invitamos a participar, el día 9 de junio, a las 19 h, en Triki Traku (C/Río Arga 38-38). Os animamos a traer vuestras ideas y sugerencias, a enviarlas si no podéis acudir al correo malatextos@gmail.com. Por último, decir que aunque nos convoque un tema de cariz tan alarmante, nos reunamos con la alegría de encontrarnos y compartir amistosamente a la hora de reflexionar. Esto siempre es un placer y nos trae consecuencias positivas.



La devaluación de la libertad en un mundo desigual

 «Por desgracia, la libertad no es para nosotrxs una cosa que podamos recuperar fácilmente, un objeto familiar que habría sido robado por sorpresa. Es algo que tenemos que inventar.»

(Simone Weil)


1. Capitalismo homologador

Ningún totalitarismo logró nunca una influencia tan total, profunda y permanente sobre las culturas (los modos de vivir y de ser) como la conseguida por el capitalismo y su sociedad-civilización de consumo. Ni el mismo fascismo, por más horroroso que fuera, llegó a calar tan profundamente en sus sociedades, y tampoco hubiera podido mantenerse en el tiempo, precisamente por su brutalidad.

El capitalismo-sociedad de consumo, junto con los medios de propaganda-comunicación y el desarrollismo hipertecnologizado en manos de especialistas se ha convertido en el poder más totalitario y arrasador. Y presenta visos de duración, si no lo remediamos, hasta el fin de esta civilización.

 

 


Capitalismo y libertad, un oxímoron que no dejan de conjugar.


Además, ejerce su poder sobre todas las personas, tanto sobre quienes resultan beneficiadas (en distintos grados) por el sistema, como sobre quienes son en parte beneficiadas y en parte víctimas y, claro está, sobre las exclusivamente víctimas. Juega con la realidad y con la promesa o la esperanza de un futuro ideal. Ha conseguido que lo material, el consumo, sea el único criterio de valoración, en torno al cual gira el debate, por supuesto, el oficial, y también en buena parte, el alternativo.

El consumo constituye una auténtica civilización, homologadora de todas las aspiraciones y de las personas. Nunca se habían dado sociedades y personas tan conformistas. El afán de consumo es afán de obediencia.


2. Una libertad devaluada

Esta aplastante supremacía del capital no solo ordena nuestras vidas y aspiraciones, sino el terreno de juego y las reglas de lo posible. En este marco, la libertad es esa oscilación permitida a cada persona, a cada una de las piezas del engranaje. La sociedad se va convirtiendo en un mecanismo autónomo en el que las decisiones vienen determinadas o muy preestablecidas, lo cual se acelera con el predominio de lo científico y de lo virtual.

A esto hay que sumar el paradójico hecho de que el actual sistema, absolutamente depredador de recursos y vidas, por más que alimente riesgos de todo tipo (bélicos, ambientales, sanitarios, etc), se presenta como el único garante de nuestra seguridad, aunque este securitarismo no opere sobre las causas de los factores de riesgo. La derivada de esto es que el legítimo miedo nos lleva a aceptar el binomio libertad/seguridad y las restricciones que le acompañan.

Nuestra apuesta es que la libertad se compagine con una seguridad basada en el modelo social justo, garantista e igualitario, capaz de constituirse como sociedad de relaciones colaborativas y no de dominación-sumisión. Las posibilidades de este sistema de seguridad están muy relacionadas con las dimensiones de la sociedad. En una sociedad de dimensiones y complejidad no humanas será imposible renunciar a todo elemento securitario y, por tanto, de poder. En todo caso la compaginación del binomio libertad/seguridad debe incluir una cierta aceptación del riesgo; la seguridad plena no es posible ni deseable.

Así, no es de extrañar que estemos asistiendo, no solo a un estrechamiento de los espacios en los que actuar y decidir en libertad, sino también a una acusada degradación del propio concepto de libertad. En buena medida, somos responsables de haber aceptado de buen grado esa libertad reducida. Una libertad descomprometida, individualizada y relegada a espacios poco trascendentes, garantizada, por otra parte, a tan solo una minoría de la población mundial (pero operando sobre el resto como promesa). Se trata de una libertad ligada, en lo fundamental, a la evasión individual, y marcada transversalmente por el consumo.

 

La caza, las terrazas, el turismo...


3. Necesitamos otro concepto de libertad

Frente a esta libertad capada, impotente y pobre, vemos necesario pensar en otro concepto de libertad, más ligado a la conquista de la capacidad de decisión tanto en el plano individual como el colectivo. Una capacidad de decisión que se mide constantemente con el presente en el que se ejercita.

Por ello, no vemos la libertad como algo establecido y fijo, sino como algo que se conquista y se transforma a través de la acción. En este sentido, la libertad tiene más que ver con la capacidad de decisión y de acción colectiva, que ha de ser construida en la práctica, en un presente continuo que huye de los grandes relatos teleológicos o finalistas. Caminante no hay camino… se hace camino al andar.

La acción no está basada en una opinión más o menos pasajera y cambiable, sino en alguna forma de convicción (siempre revisable y también cambiable), mucho más enraizada en cada cual y compartida con un “otrxs”, lo más amplio posible. Sin embargo, este acto de compartir las convicciones implica un constante diálogo con la realidad, un vínculo que provoca cambios y contagios. Esto supone un rechazo a las grandes verdades como dogma inamovible, en las que tantas veces hemos querido resguardarnos de la intemperie de la realidad. Las ideas fuerza que en otros momentos suscitaron voluntades decididas hoy son mentira y están abocadas al fanatismo y a derivar en imposición.

En terrenos como la educación, la sanidad, los elementos de seguridad… nuestra apuesta es clara por los sistemas públicos y el rechazo a sistemas privados que abran la puerta a privilegios individuales a costa de las opciones públicas y comunes. Deben ejercerse, además, no con visión referida exclusivamente a la colectividad a la que se refieren, sino de forma abierta y colaborativa con el exterior, con visos de aspiración universal. Esto supone una cierta subordinación de la capacidad de decisión individual, que se ve compensada con creces por las posibilidades que lo colectivo ofrece de afrontar en mejores condiciones las restricciones derivadas de nuestras propias limitaciones y necesidades individuales. La siguiente cita expresa (de una forma un tanto excesiva), la manera en que se relaciona lo individual con lo colectivo, enriqueciéndose mutuamente:

«Soy libre sólo cuando todos los seres humanos que me rodean son igualmente libres. La libertad de lxs demás, lejos de restringir o de negar mi libertad es, por el contrario, su condición necesaria y su confirmación. (…). Mi libertad personal, así confirmada por la libertad de todxs, se extiende hasta el infinito.»

(Mijail Bakunin)



Por último, la libertad, para no ser entendida de forma reduccionista, ha de ser diferenciada de la búsqueda de la satisfacción de deseos concretos e inmediatos. En este sentido, debe estar más vinculada a la persecución de fines, y por lo tanto a un acto consciente de la voluntad. Una voluntad siempre anclada en el futuro, que requiere esfuerzo y suscita responsabilidad, trascendiendo la inmediatez de los deseos. Una voluntad más relacionada con la autodeterminación y la búsqueda de medios adecuados para perseguir sus objetivos que con la respuesta o reacción ante estímulos externos cambiantes.

 

4. Cómo romper las costuras

Ensanchar nuestra concepción de libertad y aspirar a un mundo más libre pasa por ligar la libertad al conjunto de nuestras relaciones sociales y personales, en algunos aspectos decisivos:

-A la búsqueda constante de mayores cotas de igualdad (socio-económica, de género, étnica, geográfica, etc.), así como a la autonomía económica, siempre más factible en la austeridad que en el exceso. Esto supone el cuestionamiento de nuestros propios privilegios y el planteamiento en nuestras vidas de actitudes favorables al reparto (tiempo, dinero, trabajo,…).

 

Melilla, junio de 2022: todo depende de la parte del muro en la que nos hallemos. 

 

-A una educación amplia que promueva el desarrollo integral y la capacidad de elaborar criterios y pensamiento propios y la consideración de la dignidad de todas las personas. En este momento, la apuesta debe dirigirse a la mejora y reivindicación de la educación pública, entendida como patrimonio común. Debemos trabajar para que esa educación común cumpla con esa exigencia de favorecer el desarrollo de personas libres, evitando en todo momento que el modelo educativo se escore hacia alguna de las distintas formas de entender lo educativo en base a creencias religiosas o ideológicas. Aquello que para cada cual no consiga del sistema educativo común se debe tratar de alcanzar a través de esas colectividades a las que se pertenezca. Esta forma de entender la educación es extrapolable a todo lo colectivo/público.

-A una información veraz que nos permita realizar análisis de forma realista y a unas vías efectivas de intervención política que posibiliten una verdadera participación en los asuntos comunes. Cabe señalar que en el momento en que impulsamos proyectos comunicativos alternativos o a la hora de participar en la difusión de información en redes desde una perspectiva transformadora, no podemos caer en las prácticas habituales en los medios oficiales: medias verdades, falsedades, ocultación, búsqueda del daño personal, ...

-A la protección del medio ambiente, sabiéndonos eco-dependientes, en un contexto de crisis climática que amenaza nuestra propia supervivencia. Este aspecto, que resulta crucial, no puede quedarse únicamente en la mera reivindicación a los poderes políticos y económicos. La legítima exigencia hacia afuera debe ir acompañada de unas posturas propias a la altura de las circunstancias.

-Al impulso al proceso de reconstrucción de comunidades, sabiéndonos interdependientes y encontrando en la riqueza y la fuerza colectiva mayores posibilidades de actuación propias y ajenas. Viene a colación la preciosa expresión de cierta tradición africana, Ubuntu: “Nosotrxs somos, por tanto yo soy, y dado que soy, entonces somos”. Si generar pequeñas comunidades entre afines resulta todo un reto, lo es mucho más el romper los cercos de nuestro propio entorno y ser capaces de generar comunidad en ámbitos más generales y diversos: trabajo, vecindad, centros de estudios, ...



Para esta tarea es importante recoger y aprender de todas las experiencias de liberación, grandes y pequeñas, que podamos contraponer a esta realidad aparentemente pétrea. Encaminar nuestra actuación a ensanchar los márgenes que nos permite el modelo social capitalista. A tensionarlo (a tensionarnos), de modo que lo podamos llevar un poco más allá de lo previsto, buscando contradicciones que lo cuestionen y nos cuestionen. La libertad surge cuando se practica; creemos pues espacios y relaciones donde tenga cabida.

Este es el sentido de elaborar y compartir este texto por limitado y deficiente que sea: comenzar a debatir y confrontar con quienes quieren reducir la concepción de la libertad a meras fórmulas de consumo, expansión e individualización que resultan empobrecedoras, insolidarias y, en definitiva, destructoras de cualquier posibilidad de presente y de futuro.



Colectivo Malatextos,

Iruñea, sept. de 2022.








Para continuar el debate sobre este tema, en un espacio de reflexión colectiva, te invitamos a participar en el encuentro que tendrá lugar el:

Jueves 29 de septiembre,

en Triki-Traku (C/Río Arga 36-38, Iruñea),

a las 19:30 h.



Te esperamos, zatoz!!




La comunidad en tiempos del colapso, (ciclo "Comuna, Comunidad, Común". Katakrak, sept-nov 2021)

El pasado 17 de noviembre celebramos el Segundo encuentro que hemos dedicado al sugerente tema de la “Comunidad”.

Comenzamos haciendo un resumen-presentación de la segunda versión del texto “RECUPERAR LA COMUNIDAD” que compartimos este verano, reelaborado con las aportaciones sugeridas en la reunión anterior y recibidas por correo desde entonces.

Posteriormente, tuvo lugar un espacio de reflexión colectiva que con mayor o menor acierto pasamos a reflejar:


-Dificultades a la hora de generar Comunidad:

·Dificultad/reto de formar comunidades mestizas desde el punto de vista cultural, dado el contexto de migraciones forzosas.

·Dificultad de articular propuestas comunitarias ante problemáticas más etéreas y multifactoriales como el Colapso Climático.

·Desigualdades/vulnerabilidad: la excesiva diferencia en las condiciones materiales de sus miembros y las situaciones de indefensión de las personas más vulnerables, dificulta la constitución de una Comunidad. Hoy, vemos cómo en entornos en los que se quieren afrontar realidades de precariedad social, las personas afectadas no están en disposición de creer y/o participar en lo comunitario. Lo mismo se puede apreciar en el movimiento cooperativista, donde quienes lo impulsan tienen determinado perfil en cuanto a formación, recursos, etc. ¿Hemos pasado de ser clase obrera a ser clase media?, sea cual sea la respuesta, tenemos que entender que somos parte del problema y que debemos tratar de salir de nuestro estatus, cuestionar el privilegio para no reflejar en nuestro seno la desigualdad que tratamos de combatir.

·Invasión de lo virtual: hay sectores de la población que se pueden ver desplazados de las dinámicas (personas mayores o personas que no pueden acceder a la tecnología), si estas se centran exclusivamente en lo virtual. No obstante, también se apunta que en caso de no trabajar este campo, habrá otros sectores, como el juvenil, al que no seremos capaces de llegar.

·Las prisas: no pararnos a conversar, a escuchar, a conocernos,… nos aleja como individuos.

 

-Propuestas a la hora de conformar Comunidad:

·Debemos trabajar teniendo en cuenta que, tal y como se van desarrollando los acontecimientos y los fenómenos sociales y políticos, posiblemente el afrontamiento de la realidad en un futuro no pase precisamente por una articulación colectiva sino por un ahondamiento en fórmulas individualistas/competitivas. No se trata de darlo todo por perdido sino de partir de un análisis realista.

·La comunidad debe superar planteamientos cortoplacistas, meramente reivindicativos y pasar a una fase de creación, a otras formas de activismo. Teniendo en cuenta que hoy dependemos del sistema para casi todo, desde ámbitos de cercanía y desde la inclusividad, ganar en soberanía, cobertura de necesidades (materiales e inmateriales), etc.

·Debemos diferenciar la comunidad (la cual no se rige por meros factores ideológicos), de los grupos y colectivos sociales en los que trabajamos. No obstante, estos grupos también constituyen lazos comunitarios y habría que tratar de abrirlos y comunalizarlos.

·La importancia del espacio físico: en ocasiones puede ser un local o tal vez puede ser la calle, pero es importante disponer de ese lugar de encuentro y compartición. Por ello, hay que tener en cuenta lo urbanístico.

·Abrir los ojos: a veces hay logros o realidades comunitaristas que no valoramos a nivel de barrio, nuevos espacios que se generan, clubes de lectura, este mismo encuentro,… Otras veces pasan cosas interesantes en ámnitos a los que no prestamos atención: sociedades de todo tipo, asociaciones deportivas, entornos religiosos, colectivos migrantes que comparten procedencia, ... También hay que tener una actitud de apertura ante la posibilidad de que comunidades hoy frágiles puedan fructificar en otras con mayor fortaleza o proyección.



 

 

 

 


Recuperar la Comunidad: próximo encuentro y debate

En Malatextos tratamos de abordar aspectos de interés de nuestra realidad desde la reflexión y el debate, con la intención de aportar algunos criterios, o incluso, tan sólo interrogantes, que pudieran tenerse en cuenta a la hora de cuestionarnos nuestra/s actuación/es en el terreno de lo social. En anteriores ocasiones hemos tratado sobre libertad de expresión, la izquierda, las identidades, la huelga general, la pandemia de Covid-19, la vejez o sobre derechos y responsabilidades. Todos los materiales al respecto los puedes encontrar en nuestro blog: http://malatextos.blogspot.com/

Durante los distintos encuentros y conversaciones que hemos tenido, hay un aspecto que ha aparecido en más de una ocasión, sobrevolando otros temas: La Comunidad. Nos ha parecido interesante trabajar en torno a su importancia, su actual estado de salud, sus posibilidades a futuro,... Por ello, aportamos un PDF con el documento (pinchar en la imagen o en el enlace que encontrarás más abajo), que colectivamente hemos elaborado y que proponemos como punto de partida de un debate más amplio, al cual te invitamos. Este tendrá lugar el 18 de agosto, a las 19h, en Katakrak, C/Mayor 54 de Iruñea (en el salón de actos de la seguna planta).
Te agradecemos tu presencia y la de quien/es consideres invitar, eskerrik asko!!



https://drive.google.com/file/d/1Ju5ElOm6MnzpIz9IB6-Z1bZJR8bwJ0wv/view?usp=sharing

No hay derechos sin responsabilidades

 Presentamos un nuevo texto con el que proponemos un nuevo debate. Esta vez hemos reflexionado en torno a "derechos y responsabilidades", conceptos que entendemos intrínsecamente relacionados. Os proponemos que tras la lectura de nuestro análisis inicial, nos hagáis llegar por correo electrónico (malatextos@gmail.com), vuestras reflexiones, críticas, sugerencias, aportaciones,... Nuestra intención es convocar un encuentro presencial en el que culminar este debate cuando las condiciones sanitarias sean más favorables.

Muchas gracias por vuestro interés y participación, eskerrik asko!!
 
Para leer/descargar el documento completo en pdf, pincha en la imagen:


Encuentro y debate sobre el coronavirus y sus efectos sociales, políticos y económicos.


-Katakrak, 29 de julio de 2020-


-Se inicia con la presentación del documento elaborado y difundido por el Colectivo Malatextos para propiciar el debate.


Se presentan dos aportaciones recibidas por correo electrónico:

-El capitalismo es un sistema económico-político-social-mediático-cultural (valores, formas de vida, principios…); hay que combinar y trabajar a nivel individual y local pero, a la vez, alcanzar niveles superiores hasta el global.

La base material para la vida se deteriora a pasos agigantados y cada vez más rápidamente. Las fuerzas más hegemónicas van a buscar, en mi opinión, una salida ecofascista. Nuestra salida debería ser la opuesta: un ecosocialismo feminista o un ecofeminismo socialista: reparto de riqueza, trabajo, decrecimiento según condiciones actuales para que todo el mundo (de todos los territorios) pueda vivir dignamente, y actuaciones rápidas para tratar de evitar deterioros de condiciones de vida en el planeta absolutamente irrecuperables, etc.

El problema es cómo lograr un cambio sustancial en la correlación de fuerzas, tanto a nivel local como europeo o global. Para lograrlo nos tenemos que enfrentar a fuerzas muy poderosas: económicas, políticas, mediáticas, culturales…, pero sobre todo, a nuestras miserias: fuerte tendencia a jugar siempre a pequeña, a conseguir nuestros pequeños intereses aunque tengamos que matar al compañero o grupo que tenemos al lado, a los egos, a centrarnos en lo que nos diferencia y no en lo que tenemos en común, …

¿Cómo se consigue cambiar la correlación de fuerzas?: avanzando en esa unidad, construyendo una red entre diferentes, entre los movimientos y organizaciones, con el enfoque y objetivo de cambiar el sistema. Actuando en las instituciones y tratando de cambiar la correlación de fuerzas también allí. Tratando de que lo que logremos nos empodere.

-Es correcto lo que se expone en el documento, pero existe una gran dificultad en el impulso práctico que se corresponda a todo ello. Indudablemente, debemos luchar por una buena sanidad y educación pública; por una renta básica inseparable de la necesaria alimentación, vivienda y energía mínima vital. A nivel personal, participar y apoyar toda iniciativa social que vaya en la dirección marcada en el documento, es decir, tomar conciencia y estar presente, pero no veo mayores posibilidades. Si con la que está cayendo no somos capaces de acceder a una república más democrática y social ¿cuándo?


Se abre una ronda de intervenciones entre las personas asistentes:

-Ante la situación que se nos presenta, se debería dar, con el actual escenario en el sistema de partidos y por influjo de una presión social, una agenda reformista: publificaciones (residencias, sanidad,...), empleo garantizado, política energética en clave social, …

-Tras el confinamiento y desescalada, hemos vuelto como sociedad a las dinámicas previas a la pandemia en lo que se refiere a estilos de vida, consumismo, individualismo,…

-Es significativa la velocidad con la que se dan los acontecimientos y el olvido de los mismos. Asimismo, y por ello, la ventana de oportunidad para lograr aprovechar las oportunidades que el momento nos ofrece son escasas.

-Todavía estamos en estado de shock y, además, no hemos recibido el impacto de todas las consecuencias de esta crisis. Debemos prepararnos para poder reaccionar en tiempo y forma en el momento que sea preciso. La crisis nos tiene que pillar trabajando.

-Habría que tratar de convencer y empujar, inicialmente, a los sectores con más capacidad e influencia dentro de la llamada izquierda. Se señalan dos bloques político-sindicales, diferenciados por líneas estratégicas pero sobre todo identitarias que deberían confluir en algunas reivindicaciones dirigidas al bien común.

-Lo institucional es el terreno más adverso, habría que priorizar incidir en la articulación social, sin caer en el sectarismo.

-Se señala que ante la tendencia que tenemos a acomodarnos una vez llevada a cabo una primera e infructuosa respuesta a determinada agresión, debemos potenciar una forma de trabajo constante, que no dependa tanto de los acontecimientos y que posibilite un mayor aprovechamiento en determinados momentos.

-Se apunta a que la forma de ir avanzando en la transformación no va a darse de mano de una revuelta/revolución, situación de la que pocos cambios duraderos y bien orientados podemos esperar. Sin un cambio de orientación las revueltas no sirven, tenemos que tener en cuenta que deberíamos revolvernos contra nosotrxs mismxs y nuestros intereses inmediatos, perjudiciales para otras personas o para el medio. Debemos apostar por aumentar los niveles de convencimiento e invitación, tratando de llegar incluso a personas que se sitúan en las antípodas de nuestros planteamientos.

-Como conclusión y propuesta se acuerda: trabajar en un nuevo encuentro en el plazo de unas semanas, contando con personas de distintas sensibilidades y con experiencia en unidades de acción amplias, con la idea de explorar las posibilidades de creación de una lucha unitaria en pro de un objetivo clave en el actual contexto. Se señalan:

·El problema de la deuda y la vigencia del artículo 135 de la Constitución

·El paro

·……..









La pandemia como crisis y oportunidad

Dada la trascendencia de los momentos que vivimos en relación a la pandemia de Covid-19 y todas sus implicaciones, queremos aportar un nuevo texto para el debate. Proponemos un encuentro el próximo 29 de julio, a las 20 h en Katakrak al que te invitamos a acudir o, de no ser posible tu presencia, a enviarnos tus impresiones a malatextos@gmail.com
Eskerrik asko!!

Para acceder al texto completo, pinchar encima de la imagen:
https://drive.google.com/file/d/1F4DkPSDMaLPOewjIuX4lWw82OZ_vYA0i/view?usp=sharing

PERSONAS MAYORES ¿EN EL CENTRO DE LA LUCHA SOCIAL ANTES Y DESPUÉS DEL CORONAVIRUS?

   Justo antes del confinamiento, tal y como quedamos en el último encuentro de Debatextos (previo a la huelga general del 30 de enero), habíamos ultimado un texto sobre la lucha y la situación en nuestra sociedad de las personas mayores. La pandemia nos obligó a postergar el debate.
   Ahora, hemos decidido rescatar aquel texto actualizándolo en función de la situación tan excepcional que hemos/estamos viviendo que, si bien afecta a casi todo, indudablemente lo hace en mayor medida a las personas mayores.

Pincha en la imagen o en el enlace para acceder al texto:



https://drive.google.com/file/d/1HpAAHrBc4xkhapZjDDMQloi9blOnnVLb/view?usp=sharing