
Pero un día, los sumos sacerdotes que regían los designios de los sinconciencia, decidieron que una raza así, ejemplar por su servidumbre voluntaria y su gusto por la buena vida -esa que se traduce en dinero y se materializa en el consumo de todo lo que tenga precio y sea moderno- no requería de tanto privilegio, sino en todo caso, equipararse a otras tribus cuyas atribuciones eran similares, y que cumplían bajo un régimen disciplinario más severo, con igual celo pero a menor coste, las órdenes que se les dictaban sin rechistar. Aplicaron la ley del mercado: cuando eran pocos los sinconciencia, las condiciones laborales eran el cebo para captar a más. Ahora, la situación había cambiado y ya constituían un número suficiente como para ir retirando las ventajas.
Los sinconciencia no daban crédito. Ellos que tan fielmente habían seguido las instrucciones de sus jefes; ellos que hacían cumplir las normas con precisión obsesivo-compulsiva; ellos que incluso habían renunciado a empatizar con sus vecinos, por la incapacidad de éstos para entender su importantísima misión en este mundo, se veían despojados de todo privilegio y tratados como meros perros guardianes.
Entonces, comenzaron a sentirse indefensos, con unas expectativas de futuro alejadas de lo hasta ahora vivido y... con menos días libres; comenzaron a sentir la injusticia, esa misma que otros vecinos habían sentido antes, y que ellos controlaban a través de la siempre socorrida legalidad y alguna que otra necesaria amenaza o coacción; las normas que ellos hacían cumplir de la forma que fuera necesaria, se mostraban insuficientes para dar una respuesta a su nueva situación. Gritaron, patalearon, se frustraron... a compañeros suyos de otras tribus se les encargó, que a modo de abrazo fraternal, los protegieran para hacerlos sentir más seguros. No hicieron falta persecuciones, vigilancias, denuncias ni golpes. Los sinconciencia creían en la ley y el orden, eran buenos ciudadanos, ellos no lo merecían. El susto y el descontento inicial, dieron paso a la apatía que fue, finalmente, rubricada por la aceptación. Y es que los sinconciencia creían en la ley y el orden, eran buenos ciudadanos, asumían la responsabilidad de protegernos aunque muchas veces, por proteger sus privilegios y por la dichosa obediencia debida, debían actuar contra los trabajadores. "Yo sólo cumplo ordenes". Muy a nuestro pesar, ninguno cambió de oficio, y siguieron siendo felices y comieron perdices (se cuenta que alguno de ellos, se compró hasta un unifamiliar y un coche grande... ¡qué cosas!).
Colectivo Malatextos 14-10-10
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