Érase una vez, en una tierra foral muy lejana, una tribu conocida por todos como los sinconciencia. Fuertes, modernos, progresistas y trabajadores, muy trabajadores, vivían apesadumbrados porque nadie, salvo los sumos sacerdotes de su tribu y sus familias, parecían darse cuenta de su valía e irremplazabilidad. Cuando trabajadores de otras tribus reclamaban mejoras en sus condiciones laborales, éstos, los sinconciencia, les acompañaban, para que dentro de un orden, sus vecinos pudieran gritar, patalear, frustrarse... rodeándolos con sus armas a modo de protección y hacerles sentir mejor, más seguros. Siempre se daba el caso de algún incontrolado que saliéndose de todo orden y concierto, tiraba papeles al aire con las reclamaciones de su colectivo; o aquellos otros, que se empeñaban en pegar carteles en las paredes para hacer visible su descontento; qué decir de los trastornados que se concentraban en número superior a veinte o con consignas que cuestionaban el poder y a los sumos sacerdotes... Esto era demasiado para los pobres sinconciencia, que sufrían al verse obligados a perseguir, vigilar, denunciar e incluso golpear a más de uno de estos locos, que para más "inri", ni siquiera agradecía el gesto. Pero su estoicismo les impedía alardear de su importantísima misión; más al contrario, desviaban la atención en un ejercicio de modestia, destacando actuaciones pequeñas como el rescate de mascotas y niños, el auxilio de ancianos, la atención al turista... Pero un día, los sumos sacerdotes que regían los designios de los sinconciencia, decidieron que una raza así, ejemplar por su servidumbre voluntaria y su gusto por la buena vida -esa que se traduce en dinero y se materializa en el consumo de todo lo que tenga precio y sea moderno- no requería de tanto privilegio, sino en todo caso, equipararse a otras tribus cuyas atribuciones eran similares, y que cumplían bajo un régimen disciplinario más severo, con igual celo pero a menor coste, las órdenes que se les dictaban sin rechistar. Aplicaron la ley del mercado: cuando eran pocos los sinconciencia, las condiciones laborales eran el cebo para captar a más. Ahora, la situación había cambiado y ya constituían un número suficiente como para ir retirando las ventajas.
Los sinconciencia no daban crédito. Ellos que tan fielmente habían seguido las instrucciones de sus jefes; ellos que hacían cumplir las normas con precisión obsesivo-compulsiva; ellos que incluso habían renunciado a empatizar con sus vecinos, por la incapacidad de éstos para entender su importantísima misión en este mundo, se veían despojados de todo privilegio y tratados como meros perros guardianes.
Colectivo Malatextos 14-10-10
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