El mundo actual se deja leer de muchas maneras, algunas de ellas contradictorias. Resulta difícil encontrar la clave de lectura, poner el acento en lo relevante y encadenar a ello lo secundario. ¿Estamos ante una crisis más del capitalismo? ¿Tiene sentido decir que se está desempolvando el fascismo? ¿O es algo nuevo, para lo que no valen las viejas palabras? ¿Qué ocurre con el factor de irreversibilidad asociado a la cuestión climática? ¿Hay otros elementos de irreversibilidad también centrales (económicos, sociales, tecnológicos, cognitivos...)?
Hay quien habla de un capitalismo terminal, o turbocapitalismo salvaje, hay quien pone el acento en la tecnología y lo llama tecnofeudalismo, hay quien habla de ecofascismo y hay quien lo nombra como neoimperialismo fascista, caudillismo o autoritarismo, por mencionar solo algunas de las etiquetas que tratan de fijar conceptos, ideas, que nos ayuden a comprender. Etiquetas que en cierto modo resuenan unas con otras, pero que también se contradicen en sus lecturas. Etiquetas en cuya búsqueda forzamos al pensamiento, pero que también nos provocan, en no pocas ocasiones, una sensación de incertidumbre y de desorientación, aunque persigan lo contrario.
Sin embargo, esa sensación no debe despistarnos de lo esencial de la búsqueda. Según aquella sabia frase de Orwell, “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”. Es decir, no es nunca vano el esfuerzo por querer entender y por tanto nombrar. Por otro lado, es oportuno que recordemos que la búsqueda de la mejor interpretación no es una competición por imponer una mirada determinada, sino una búsqueda que, necesariamente, se hace en un diálogo constante. Sería oportuno preguntarnos hasta qué punto tenemos disposición de escuchar notas cantadas en claves distintas a las nuestras. La realidad nos dice que cuanto menos escuchamos otras voces, menos se escucharán las nuestras.
En todo caso, más allá del interés por afinar el tiro, por presentar la mejor descripción de lo que hay y de lo que viene, lo que sí está claro es que estamos en un ciclo caracterizado por un claro endurecimiento de las dinámicas de poder y exclusión: triunfo de la autocracia, incremento del belicismo y de la represión, desprecio de la realidad y extensión de la conspiranoia, etc. Así, sí que tenemos una certeza: nos dirigimos a un escenario peor, en el que se esperan mayores sufrimientos para cada vez más personas.
Por otro lado, independientemente de la solución que demos a la difícil tarea de nombrar lo nuevo-viejo, la nueva deriva fascista (llamémosla así, por simplificar) se basa en dos fuerzas relativamente claras de diferenciar:
1- Por un lado está la parte material: agotamiento y guerra por los recursos, migraciones más o menos forzosas, cambios –climático, económico–, extensión de la precarización y aumento de los elementos de inestabilidad e inseguridad. El fascismo es, así, una expresión concreta del capitalismo en crisis. Además, a todo lo mencionado hay que añadir aquellos elementos con más trayectoria pero igualmente activos, como el dominio de la economía sobre la política, la extensión del mercado hasta los rincones más insospechados, etc.
2- Por otro, hay también un componente de deriva social. La respuesta a esos cambios amenazantes, así como a la percepción de mayor o inminencia del colapso, es el miedo. Y el miedo, por necesidad, activa mecanismos de búsqueda ansiosa de soluciones. Por un lado, el miedo tiene una base material clara. Está ligado a un bienestar que se ve amenazado, que se puede perder. Por otro, el miedo tiene también un componente irracional, difícil de gestionar. Aquí aparecen los chivos expiatorios y los enemigos de cartón-piedra. El mundo capitalista occidental blanco, en crisis de identidad, cataliza ese miedo con propuestas monstruosas en su búsqueda de culpables. Y lo peor de todo: no sabemos cómo actuar ante el miedo. No sabemos cómo desactivar sus falsas salidas de forma rápida y efectiva. Contraponer a ellas mastodónticas explicaciones de la deriva del capitalismo global y sus procesos de destrucción de lo social es una estrategia que, simplemente, no parece funcionar.
Este es el marco en el que el fascismo se multiplica, a veces de forma exponencial. El fascismo crea, produce, y deberíamos ser capaces de contrarrestar esa dinámica. Ejemplos:
-El fascismo promete (nosotras no). En esto estamos en clara desventaja. Quizá sea más honesto no prometer, pero entonces, al menos, deberíamos proponer e ir creando un horizonte. Aunque sea mínimo.
-El fascismo simplifica los mensajes, y sus contradicciones internas no parecen pasarle factura. Su paradoja comunicativa es que da la impresión de ir de frente, de no ocultar nada, aunque esté lleno de ambigüedades e incoherencias (nosotras tendemos a copiar la comunicación política de los partidos, presentando verdades a medias, confiando en estrategias comunicativas, vendiendo la moto como en la política profesional, etc.).
-El fascismo utiliza los temas que le resultan rentables (inmigración, cambio climático, cuestiones de género). La izquierda también ha hecho (hemos hecho) lo mismo, y ha jugado también a la rentabilidad (más que a la honestidad). Pero nuestros temas o nuestros enfoques no han funcionado.
-El fascismo hace de la seguridad uno de sus ejes. Esto le permite asociar cambios a amenazas, desplegando su nostalgia de un pasado mejor como ariete frente a sus chivos expiatorios. Por nuestra parte, esquivamos el tema de la seguridad o lo atacamos sin matices, nos ponemos a hablar de la violencia estructural y minimizamos experiencias cotidianas reales de amenaza o violencia.
-El fascismo construye una colectividad identitaria, aunque en ocasiones esté vacía (la nación, la cristiandad, la blanquitud, la heterosexualidad, etc.). Nosotras ya no tenemos esas colectividades aglutinadoras (como era la clase), y predicamos colectividades poco reales, elevamos el tiro a la humanidad como colectivo, mientras tenemos parecidos miedos a las otras personas que visualizamos como diferentes.
Qué hacer
Leer el momento es la tarea más difícil, decíamos. Sin embargo, hay otra al menos igual de complicada y, si cabe, más urgente. Tenemos que enfrentar la situación. No podemos dedicarnos al análisis y después actuar. Tenemos que intervenir antes de tener las respuestas a muchos interrogantes.
Si queremos que nuestras guías de actuación tengan sentido, posiblemente deberemos ligar el «cómo actuar» al «cómo hemos contribuido» para llegar hasta aquí, o qué hemos dejado de hacer. Creemos que la autocrítica puede ser un componente de gran ayuda en la búsqueda de ese camino. Algunos de los debates necesarios serían, pues:
-En qué medida tenemos disposición a cambiar. Una sociedad como la nuestra, pasiva, individualista y consumista es difícil que quiera cambiar. Formamos parte de ella, más de lo que pensamos. De sus inercias, de sus sentidos comunes y de sus cómodos sofás. Sin embargo, sabemos que una sociedad que no quiere cambio, en momentos de crisis, es una sociedad en busca del caudillismo. ¿Podemos participar de esa atonía, de su nihilismo dulce, pero no sentirnos responsables de sus consecuencias?
-Qué podemos hacer con el fascismo del antifascismo. Decíamos que el capitalismo es una forma de ver el mundo, una herramienta cognitiva. ¿En qué medida no es también el fascismo una forma de comprender y de actuar, un método más que una ideología? ¿Es útil pensar en un fascistómetro que nos revele cuán fascistas son nuestras vidas así como nuestras acciones, tanto a nivel individual como social y colectivo?
-Cómo comprendemos los ámbitos de las mayorías y de las minorías. En cuál de los ámbitos es más necesario o urgente actuar. ¿Nos contentamos con ser minorías? ¿Cómo nos relacionamos con quienes están cerca pero no ven las cosas igual? ¿Y con quienes están más lejos? ¿Es más importante marcar la línea política o tener capacidad de tejer alianzas? ¿Sabemos cómo funciona el contagio? ¿Qué papel le damos?
-Cómo nos relacionamos con el dentro y el afuera del sistema. ¿Sabemos cuándo es más efectivo, o más útil, o más interesante, luchar dentro del sistema, jugando a los posibles y dejándonos pelos en la gatera, y cuándo es más conveniente inventar y experimentar el afuera, abriendo mundos?
-Cuáles son los medios que elegimos para comunicar, debatir y pensar en común. ¿No son las redes digitales un medio de comunicación perfecto para el fascismo? ¿Cómo buscar medios que cambien la acción de comunicar, que la eleven por encima del argumento fácil, del zasca, del goce por la frase que me identifica? ¿No hay otra legitimidad, y otro concepto de comunicación, en los medios más cercanos, más tradicionales (en el cara a cara, en las octavillas, en los carteles, en hablar…)? ¿Queremos realmente hablar con la gente? ¿Tenemos disposición a escuchar también? ¿O solo queremos difundir nuestras ideas?
-¿Cómo abordamos los problemas derivados de las migraciones? ¿Podemos construir un discurso sin idealizar ni romantizar la realidad?
-¿Qué pensamos del belicismo? ¿Realmente creemos que no existe una «guerra justa», o en ocasiones anhelamos soluciones militares que busquen la justicia? En los momentos difíciles, ¿seguimos confiando en el pacifismo, en la apuesta por la deserción? ¿Qué impacto tienen el laboratorio mundial del neo-colonialismo de Gaza, las guerras imperialistas como la de Ucrania o la de Irán o las agresiones como la de Venezuela y tantos otros conflictos relegados en nuestra forma de pensar la violencia extrema y el papel de la política?
-¿Qué hacemos con la demanda social de seguridad? ¿Somos capaces de desplegar un concepto de seguridad no autoritario? ¿Es recuperable el concepto de seguridad, quizás asociado a otras amenazas al bienestar que no se suelen nombrar en este terreno: vivienda, precariedad, etc.? ¿O más bien resulta que, al entrar en ese debate, terminamos comprando el marco y la agenda fascista basados en la producción de miedo?
-¿Pensamos cuáles son las formas de lucha más adecuadas? ¿O las elegimos siguiendo nuestras pulsiones? ¿Es más oportuno enfrentar la agenda fascista o crear una agenda propia? ¿Es el antifascismo lo que nos ha de definir y marcar el camino? ¿Conviene más centrarnos en el «estar en contra» del fascismo, etc., o convendría centrarnos en el «estar a favor» del reparto de la riqueza, de la igualdad de derechos, etc.? ¿Qué formas en positivo hay de ser antifascista? ¿Es la comunidad un elemento necesario en la búsqueda de soluciones?
Muchas preguntas, quizá demasiadas para abarcarlas de golpe con una teoría coherente y que, frente a las certezas absolutas del fascismo, plantean una reflexión dominada por la duda, en torno a la cual es preciso testar y repensar nuestras apuestas habituales: comunidad, decrecimiento, pacifismo o consenso. No obstante si el fascismo es, como señalábamos, un método antes que una ideología, el antifascismo ha de estar fundado sobre la duda metodológica. Y sobre indagaciones muy abiertas, propuestas revisables, así como proyectos concretos.
En todo caso, por si sirve de guía, podemos tratar de responder a todas estas preguntas de la mano de una reflexión general sobre la otra cara de la moneda: las debilidades del fascismo que no son pocas. Algunas de ellas:
-Va contra la dirección y el sentido de la historia –y en este sentido está fuera de la realidad– que la humanidad en su tortuoso camino y el propio capitalismo, en su potente, admirable y también escandaloso y conflictivo proceso de desarrollo y crecimiento, han impreso ya, de hecho, en esta sociedad y este mundo en que vivimos. Su simplificación y su falseamiento ignoran la multidimensionalidad de la realidad, la interrelación de los procesos y la existencia de múltiples ángulos de visión para desentrañarla.
-En este sentido, necesariamente tiene que recurrir a la mentira, al falseamiento. No tiene autocrítica y constantemente recurre al bulo y la postverdad. Necesita escapar de la realidad para construir su propuesta. Condena a la gente, también a la que lo defiende, a no vivir en su realidad.
-En este escape utiliza figuras histriónicas como Trump, que en realidad es un fantoche que fomenta el vasallaje en su entorno más cercano. Esto, que parece funcionarle comunicativamente, es una debilidad que constantemente le genera conflictos.
-Por otro lado, el fascismo utiliza como herramienta un elemento dislocado, irracional, que apela constantemente a lo visceral, y juega con emociones como el miedo, la venganza o el deseo de ganar. Este irracionalismo es una debilidad, ya que juega con algo incontrolable que le puede llevar al desastre (en contra de sus intereses, también).
-Por último, y unido a todo lo anterior, el fascismo trata así de poner en pie un gran edificio sin cimientos sólidos. Un mundo y una sociedad tan complejos como los actuales necesitan unos buenos fundamentos y un buen esqueleto básico, si no queremos que se conviertan en jungla salvaje, complejo inhabitable o mero festín de los seres humanos más ambiciosos, poderosos y violentos. Pues bien, es por estos últimos derroteros por los que, al parecer, pretende llevarnos el neofascismo. Está dicho que a una realidad compleja ni se la comprende ni se la puede manejar y hacer justicia con un pensamiento simple. Pero por ahí va el fascismo. Para ello utiliza tres mecanismos: el negacionismo, la desregulación y la inversión y perversión de valores. Estas estrategias parecen cosechar victorias en una mirada corta, pero en el fondo muestran una fuerte debilidad interna.
Dicho esto, y volviendo atrás, deberíamos ser capaces de ir respondiendo con cierta urgencia a todos los interrogantes que hemos ido mencionando, sin dejarnos paralizar por el miedo o la aparente impotencia. Esta es nuestra tarea, nuestra investigación, que deberemos enfrentar desde la imaginación política y desde la búsqueda de nuevas vías. Porque sin un cambio de rumbo, la inercia nos lleva al abismo.
Para seguir ahondando en el reto de leer el fascismo que viene y reflexionar sobre ideas, acciones y proyectos os invitamos como personas o integrantes de colectivos a compartir vuestras reflexiones en la próxima sesión de Malatextos, la primera dedicada al tema, el 13 de mayo a las 19 h en Bakearen Etxea (C/Merced 18), o si no podéis asistir, a enviarnos vuestras ideas al correo:
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